Fr. Jaime Díaz

IV. Iglesia y Gobierno enfrentados por el aborto

La Iglesia Católica como tal ha sido muy clara y firme en oponerse al aborto y al uso de todo medio abortivo, aunque algunos de sus miembros disientan. Es ley natural y mandato divino “no matar”. Esta no es materia de libre opinión. Lo que viene de Dios no pude tomarse como un menú del que escoges lo que te conviene. O lo tomas o lo dejas, pero no estás en libertad para escoger, desechar o añadir. Ni tampoco es la encuesta de opinión la que define la moral. Si quieres ser y llamarte católico, tomas la totalidad de la fe y de la moral cristiana como la enseña y profesa la Iglesia, o no eres católico aunque lo digas.

La Iglesia ha sido y tiene que ser por principio defensora de la vida y de la dignidad humana, sin excepciones. Ha ofrecido a las madres que piensan abortar toda clase de asistencia y ha organizado para ello servicios especiales de asistencia material, psicológica y espiritual que existen en casi todas las parroquias. Les ofrece alternativas y les da la posibilidad de ver al niño que se desarrolla en su seno, para que se informen bien antes de tomar tan grave decisión. Los abortistas se oponen a esto, por considerarlo una presión e invasión en la vida privada de una madre. Para ellos es mejor actuar con los ojos cerrados!

“Antes y ahora la cultura de la muerte intenta que sus victimas no sean visibles. Hasta que no se lograron proteger y difundir las primeras fotos de  violencia racial en Estados Unidos y mostrar esa realidad, se negaba lo que estaba ocurriendo. El ver la realidad hizo a la gente reaccionar.”

“Ahora vemos cómo los promotores del aborto se cierran a la banda, por ejemplo, a que se muestren ecografías a la mujer embarazada antes de abortar. Como ocurrió en la cuestión racial, América no rechazará el aborto hasta que lo vea.”

                                         (Alveda King)

La Iglesia ha tomado posición ante sus fieles y ante las autoridades civiles en repetidas ocasiones, no solo en cuanto al aborto se refiere, sino acerca de otros temas candentes de interés común, no para imponer sus criterios religiosos, sino para elevar su voz en defensa de la dignidad de todo ser humano, especialmente de los más indefensos. La dignidad humana es causa común de la humanidad, valor universal que abarca y supera el ámbito religioso y sobre el cual se edifica la sociedad. Con razón se ha ido conformando un amplio frente ecuménico, del cual forman parte muchas organizaciones y personas, creyentes o no, para hacer escuchar nuestra voz solidariamente por todos los medios a nuestro alcance y para iniciar las acciones legales correspondientes. Nuestros Obispos animan a los fieles a informarse bien, a tomar posición ante los legisladores, a influir en la opinión pública y a votar en consecuencia. Esta no es una cuestión de liberales o conservadores, sino de personas conscientes de que todo ser humano, nacido o no, tiene una dignidad inviolable, dada por el Creador, la cual debe ser reconocida y protegida por todos.

Dada la gravedad del crimen del aborto, la Iglesia Católica impone, ipso facto, sin necesidad de sentencia, la máxima pena, la excomunión “a quien procure el aborto, si este se produce” (Can. 1398)

Cuando un cristiano, católico o no, apoya el aborto, está contradiciendo un mandamiento divino, que es parte integral de su fe, no materia discutible u opinable. Desafortunadamente hay políticos y personas en posiciones de autoridad, para quienes la ideología de su partido tiene más valor que los preceptos divinos. No conectan su fe con sus decisiones políticas. Pero siguen identificándose como cristianos, con escándalo y confusión para muchos creyentes. Esto ha generado un debate sobre si los promotores del aborto deben ser excluidos de recibir la Comunión Eucarística, que implica estar en gracia de Dios, reconciliados con El y con el prójimo, procurar cumplir sus mandamientos y no dar escándalo publico. Cómo puede considerarse digno de comulgar quien aprueba y aun promueve el homicidio de inocentes? Cuántos crímenes lleva sobre sí un juez, legislador o persona en autoridad que aprueba, legitima o promueve el aborto?

Tales personas deberían abstenerse de comulgar, sin necesidad de que la autoridad eclesiástica intervenga. Con su actitud se han excluido ya a sí mismos de la comunión eclesial en la fe, y, por tanto, de la Eucaristía. San Pablo amonesta severamente a los Corintios sobre esto: “Quien coma o beba el cáliz del Señor indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Examínese, pues, cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque quien come y bebe sin reconocer el cuerpo, come y bebe su propio castigo.” 1 Cor. 11:27,28

El Estado en conflicto con la Iglesia

El Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos ordenó a principios del año 2012 que todos los empleadores sin excepción sean obligados a ofrecer a sus empleados un seguro de salud que incluya el aborto, la esterilización, y contraceptivos abortivos. Inmediatamente los Obispos se opusieron públicamente a esto, por ser una flagrante violación de la Primera Enmienda Constitucional que reconoce la libertad religiosa como la primera y fundamental, reclaman para los católicos el respeto a la libertad de conciencia y anuncian:”no podemos –y no lo haremos- obedecer a esta ley injusta”

El mismo Arzobispo Capellán Castrense escribió una carta que debía ser leída en todas las misas. Pero se quiso evitar su lectura, especialmente el párrafo donde esta ley se califica como “injusta”.

Como Iglesia nos vemos forzados a la “desobediencia civil” en bloque, a menos que el Gobierno abrogue esta disposición. Ya Juan Pablo II en la Evangelium Vitae había advertido que, si en algún caso, hospitales, médicos y enfermeras católicos se vieren legalmente obligados a cooperar con el aborto, deberán rehusar obedecer y afrontar todas las consecuencias. La Iglesia Católica tiene una larga historia de resistencia ante las pretensiones de la autoridad civil para sojuzgar las conciencias y ha pagado por ello el precio máximo. Ya desde sus orígenes los Apóstoles negaron obediencia a las autoridades romanas y judías que les prohibían predicar el nombre de Jesús bajo severas penas: “Hay que obedecer a Dios antes que a hombres”. (He 5:29) Este principio ha sido y seguirá siendo norma y guía para la Iglesia.

Nunca en la historia de nuestro país se había dado semejante agresión moral contra la libertad religiosa y contra la conciencia de creyentes o no que respetamos la vida humana como un absoluto no negociable. Como van las cosas, ante la intransigencia del Estado, la Iglesia puede verse obligada a sentar un precedente en nuestro país y a dar un poderoso testimonio frente a las pretensiones abusivas del Gobierno, afrontando todas las consecuencias. Ya ha habido entre nosotros autoridades civiles que han pretendido obligar a la Iglesia a violar sus principios y normas fundamentales, como cuando se pretendió obligar a los sacerdotes a revelar a las autoridades el secreto de confesión, tratándose de abuso de menores, o de de prohibir socorrer en grave necesidad a los indocumentados con la práctica evangélica de las obras de misericordia, que serán en el juicio final el criterio decisivo para ser acogidos en el Reino de Dios.

La oposición de la Iglesia al aborto y a los anticonceptivos abortivos se ha pretendido presentar como “guerra contra la mujer”, pero, en realidad, la guerra es contra los niños no nacidos, a quienes se quiere asesinar bajo el amparo de leyes que carecen de toda legitimad moral.

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III. Infanticidio legalizado

“Acaso aprobarás un tribunal malvado que sentencia penas extrañas a la Ley? Atentan a la vida del justo y condenan a muerte al inocente. El Señor hará caer sobre ellos el mal que tramaron y los pederá su propia maldad; los perderá el Señor Nuestro Dios!” Sal. 94

En los Estados Unidos el aborto fue legalizado (Roe v. Wake) en todos los Estados desde 1973 por decisión de la Corte Suprema, con base en “el derecho a la privacidad personal”. Desde entonces se han producido entre 50 y 54 millones de abortos denunciados. Las estadísticas no reflejan todo, pues no es obligatorio reportarlos, para que no quede vergonzosa constancia de la enormidad del infanticidio, y hay muchos casos en que se hacen sin intervención quirúrgica sino a través de otros medios abortivos. Esta cifra gigantesca, superior al número de habitantes de todo Centro América, muestra una verdadera masacre callada de inocentes que avanza todos los días bajo el amparo de la ley.

Nuestra legislación niega al feto su condición de persona y por ende la protección del Estado, con el argumento de que aún no es “viable su vida fuera del seno materno”. Esta es una razón amañada para el caso, totalmente arbitraria y sin fundamento; es una triquiñuela o leguleyada para negarle al no nacido su condición de ser humano y convertirlo así en un objeto desechable, sin derechos ni representación legal, sometido al arbitrio de sus padres y fuera de la protección del Estado.

Según nuestra Constitución (4ª. Enmienda) y nuestra declaración de independencia, es obligación del Estado proteger el derecho a la vida, dado por el Creador y del cual nadie puede ser despojado. El Estado no puede quitar lo que Dios da. El deber del Estado de proteger como fundamental el derecho a la vida inocente, sin excepciones, es un consenso universal durante milenios, expresado legalmente en formas diversas.

El Procurador General debería abogar ex officio por los derechos de los no nacidos y oponerse al aborto por razones morales y legales. En vez de autorizar el aborto, el Estado debería, con toda nuestra colaboración, asistir a la madre para acoger a su hijo y ofrecerle alternativas para que, si no está en capacidad de cuidar de él, lo dé en adopción a una de tantas parejas que no han podido tener hijos.

Llama la atención el motivo aducido por los legisladores: “el derecho a la privacidad personal”. Recientemente el Presidente declaraba que este es un asunto privado, es decir, una cuestión “doméstica” de cada familia, como tantas otras, que no ameritan la intervención del Estado. Este es otro gran sofisma. Cómo puede la protección de la vida humana, de toda vida humana, ser considerada como asunto privado? Entonces el asesinato de un adulto es también asunto privado? Qué diferencia hay entre matar a un ser humano nacido o no nacido? Acaso existe aquí una diferencia substancial? No se trata en ambos casos de un ser humano? Y no es la defensa de toda vida humana la principal obligación de la autoridad y de la ley en servicio del bien común?

La legalización del aborto trastorna y corrompe las funciones esenciales de quienes tienen a su cargo defender y proteger la vida humana en la sociedad: convierte en verdugos de los inocentes no nacidos a las tres instancias más obligadas a protegerlos: el Estado, por su misión fundamental en cumplimiento de la Constitución; los padres que los engendran; y los médicos que han jurado luchar por la salud y la vida de todo ser humano. Los custodios del derecho, la justicia y la vida han prevaricado. Ahora se han convertido en cómplices para perpetrar este asesinato legal, esta pena de muerte masiva que se aplica diariamente por miles contra niños inocentes, sin juicio ni sentencia.

Con razón el Arzobispo de Miami hablaba recientemente de los “nuevos Herodes” que promueven la matanza de los inocentes. El Arzobispo Chaput llama al aborto “homicidio legalizado”.

Uno se pregunta cómo nuestros legisladores han podido compaginar honestamente su interpretación de la ley con la legalización del aborto, hasta el punto de que el Comité judicial del Senado declarara en 1983: “No existen hoy barreras legales de ninguna clase en los Estados Unidos para que una madre obtenga un aborto por cualquier razón durante cualquier estadio de la preñez.” Es decir, los legisladores dan vía libre para matar a los inocentes no nacidos cuando a la madre le plazca. Hay aquí una evidente manipulación del concepto de “persona”, de la Constitución y de nuestra Declaración de Independencia. Prevarican las entidades encargadas de custodiar la justicia y el derecho, para complacer a ciertos sectores y ganar su voto.

El 20 de noviembre de 1959 promulgó la ONU la Declaración Universal de los Derechos del Niño, en la cual todos los Estados Miembros se obligan a tener como “consideración fundamental el bien superior del niño” (art. 2), y como “principio rector” (art 7) para las leyes, recursos y servicios a que el niño tiene derecho. El niño ha de ser tenido “entre los primeros a recibir protección y socorro”. En 1989 la ONU promulgó la Convención Internacional de los Derechos del Niño, que complementa y concretiza aquella importante Declaración. En ella se reconoce al niño, sin limitaciones, su “derecho intrínseco a la vida” (art.6).

De modo que la legalización del aborto contradice, no sólo los fundamentos mismos de nuestra nacionalidad, sino también los compromisos solemnes adquiridos por nuestra Nación como Estado Miembro de la ONU. Lamentablemente nuestro Gobierno está violando sistemáticamente casi todos los derechos de los niños, como son el derecho “a la igualdad”, “a un nombre y una nacionalidad”, “a una alimentación, vivienda y atención medica adecuadas para el niño y la madre”, “a comprensión y amor por parte de los padres y de la sociedad”, a “no ser separados de sus padres”. Pero de esto no se habla. Las autoridades encargadas de protegerlo ni siquiera mencionan estos documentos, que son obligatorios legal y moralmente. Pero seguimos creyéndonos el gran país de los derechos humanos y la democracia, con autoridad moral para juzgar si los demás países los cumplen o no!

Abuso radical de autoridad

Yo me planteo una pregunta fundamental en cuanto a la competencia para legislar en pro del aborto: existe alguna autoridad humana moralmente facultada para declarar lícito y legal matar por cualquier razón a los niños no nacidos? Ni Dios tiene este poder, porque El no puede ir contra su misma creación, ni condenar a muerte a ningún inocente. Acaso la Corte Suprema, o el Congreso o cualquiera otra instancia son dueños de las vidas humanas? Hay aquí un abuso monumental de autoridad. Las decisiones que autorizan el aborto son inmorales, inválidas y carentes de toda legitimidad en cualquier parte del mundo. No hay autoridad humana facultada para tomar tamaña decisión. Pero los Estados proceden como si fueran los dueños absolutos de nuestras vidas! Al apoyar la legalización del aborto estamos reconociéndole al Estado una potestad que los humanos no tenemos.

El principio absoluto de respeto a la vida humana “no mataras” ha sido resquebrajado y echado por tierra al legalizar el aborto. Basta hacer una excepción, para destruir el principio. Hoy la excepción son los niños no nacidos, mañana serán los ancianos, los discapacitados, los deformes o los de otra raza, como hicieron los nazis con los judíos. Habrá interpretaciones y razones amañadas para todo. Estamos viendo con alarma el desmonte de un principio moral universal, necesario a la convivencia humana. No es un avance, sino un gran retroceso ético para la familia humana, un paso más dentro de lo que Juan Pablo II denominó con justa razón “la cultura de la muerte”.

Quiero reafirmar que ninguna ley de ningún nivel está por encima de la moral ni es fuente de moralidad, como tampoco lo es la libre decisión (free choice) de nadie. Las leyes inmorales no merecen obediencia. Para que una ley merezca tal nombre, se necesitan varias condiciones: que sea racional, justa y moral y que contribuya efectivamente al bien común. La legislación pro aborto carece de estas condiciones. Es contraria a la recta razón, injusta e inmoral y va en contra del mayor bien de la sociedad, que es la vida humana. Por tanto, no estamos obligados a respetar la ley del aborto. El Estado podrá poner sus tribunales, sus policías, sus cárceles y todos sus castigos en acción para obligarnos a colaborar en la matanza o para callarnos ante este crimen, pero con ello sólo logrará aumentar la resistencia, suscitar la desobediencia civil, profanar la dignidad de la ley y demostrar su propia ilegitimidad.

Aunque la ley civil los absuelva, estrecha cuenta deberán dar a Dios en su momento los actores de este gigantesco, silencioso y continuado infanticidio. No quiera el Señor desatar su cólera en castigo de este enorme pecado que pesa sobre nuestra nación.

Nuestra sociedad debería más bien ayudar por todos los medios morales, emocionales y económicos a las madres para que puedan dar a luz al hijo y abrir los brazos para acoger a todos los niños, en vez de recibirlos con un bisturí o con una bomba de succión para quitarles la vida y lanzarlos al cesto de la basura! Qué horror!

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II. Las falacias pro aborto

Se esgrimen como argumentos a favor del aborto una serie de falacias que, a fuer de repetidas, van calando sin análisis en la mente de muchos, incluidos muchos católicos. Vale la pena analizarlas. 

El instinto maternal

El instinto maternal y paternal lleva en todas las especies a proteger a sus crías. Con cuánto mayor razón en el ser humano, que comprende lo que hace y que toma decisiones racionales, que sobrepasan las inclinaciones del instinto.  Matar a su propio hijo por las razones que sea siempre será para una madre un trauma muy profundo, pues esto violenta su natural tendencia a amar al hijo y a cuidar amorosamente de él, aun a riesgo de la propia vida. La madre viene a ser psicológica y espiritualmente victima de su propia acción.

El escritor chino Mo Yan, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2012, arrepentido por haber hecho que su esposa abortara en su segundo embarazo, confesó: “esto se ha convertido en una cicatriz eterna en lo más profundo de mi corazón”.

Aun en las especies más agresivas de fieras las madres cuidan de sus hijos y los defienden de los peligros a toda costa. La tigresa, la leona, la pantera, la osa, lamen a sus cachorros con ternura, si así podemos decirlo, y los alimentan pacíficamente cobijándolos con su cuerpo. Entre nosotros los humanos, raza inteligente y superior, contrasta el hecho de que muchas madres, por su propio interés, reclamen como un “derecho” su “libre decisión” de quitarle la vida a su hijo aún no nacido. Ya hemos visto actos de violencia religiosa. En Argentina una turba de partidarios del aborto y el matrimonio homosexual agredió a una comunidad católica que oraba por la vida. En Colombia en plena plaza de Bolívar en el centro de Bogotá otro grupo de manifestantes profanó públicamente la Santa Cruz, símbolo de vida y de redención para todos los cristianos.

No solamente las iglesias cristianas y las principales religiones del mundo, sino mucha gente no creyente, pero de claro sentido moral, se opone a que se reconozca como derecho el quitarle la vida a otro ser humano inocente y, menos aún, una madre a su propio hijo. Al fin y al cabo aquí está en juego el respeto a la vida, valor absoluto, fundamental para la convivencia humana, no solo para creyentes.

Veamos algunas de las falacias que hoy se pregonan internacionalmente  como razones para legitimar el aborto.

Hago de mi cuerpo lo que quiera”

Es evidente para cualquiera sin prejuicios que el feto es específicamente un ser humano que va formándose en un periodo de 9 meses en el seno materno. No es una enfermedad ni un órgano o miembro del cuerpo de la madre, del cual ella pueda prescindir a voluntad alegando que es dueña de hacer de su cuerpo lo que quiera. Nadie tiene derecho absoluto sobre su cuerpo. El feto no puede equipararse a un brazo gangrenado que se debe amputar para salvar la propia vida. A nadie se le ocurre exigir como derecho que le amputen o extraigan un miembro u órgano caprichosamente, a no ser que adolezca de algún grave trastorno mental que ameritaría un tratamiento psiquiátrico. Ningún médico honesto, aunque le pagaran muy bien, se prestaría a esto. Pero los hay que no ven ninguna contradicción ética en matar directamente al niño no nacido!

El niño no nacido es un huésped transitorio en el seno materno, llamado a nacer y a madurar progresivamente hasta tener vida propia en todos los campos. El feto posee radicalmente en potencia todas las facultades propias del ser humano. Las irá ejerciendo según su desarrollo físico y el ambiente que lo rodee. El hecho de no poder vivir aún fuera del vientre materno no elimina ni disminuye su condición de ser humano, con derechos, tanto más respetables, cuanto más frágil es su condición. El niño no es propiedad de sus padres. No pueden estos disponer de él como si fuera un objeto. La vida, propia o ajena, es siempre un don del Creador, aunque haya sido concebida por medios injustos e inmorales. El niño es el resultado de las acciones humanas, libres o no; no causante de ellas.

Matar al niño para salvar la madre

Aunque, según los médicos, no es frecuente hallar situaciones en que la vida del niño ponga en peligro cierto la vida de la madre, demos por hecho que el caso se da. Se considera entonces que hay que decidir a quién salvar. Normalmente el niño pierde y la madre gana.

El fin bueno de salvar a la madre no justifica un medio intrínsecamente malo, como es matar a un inocente. El principio de “el fin justifica los medios” está corrompiendo el criterio moral y la práctica en la economía, en la política, en la defensa de nuestra seguridad: cometer fraude para ganar dinero aun a costa de mucha gente, mentir para conseguir votos, torturar para obtener información, etc.

El niño no puede equipararse a un “injusto agresor” del cual la madre tenga el derecho a defenderse por los medios que sea.

La moral católica y la ética natural siempre han sostenido que hay que tratar de salvar ambas vidas. Si alguno de los dos muere, esto sucede por causas naturales fuera del control humano, no porque alguien haya decidido quién muere y quién vive. Una decisión de este tipo es una sentencia de muerte sin juicio ni causa, un verdadero homicidio. Lo que se espera de una verdadera madre es que esté dispuesta a dar su vida por su hijo, en vez de matarlo para que ella viva.

¿Asunto puramente religioso?

Se ha pretendido debilitar la objeción a la legalización del aborto presentándola como una cuestión puramente religiosa, para poder argumentar que, dentro del criterio de separación de Iglesia y Estado, ninguna religión o Iglesia puede pretender imponer sus criterios morales al Estado ni, menos aún, a toda la sociedad. Así lo ha presentado en debate público nada menos que el Vicepresidente de los Estados Unidos, quien, no obstante, se considera católico. El argumento del pluralismo religioso en una sociedad secularizada se esgrime también en otros países a favor del aborto.

Pero este es un evidente sofisma. El respeto a la vida humana, nacida o no, es un imperativo universal básico de pura ética natural. No es una cuestión exclusivamente religiosa, aunque también sea un precepto divino fundamental, parte del decálogo. Judíos, cristianos, musulmanes, budistas, concordamos en este principio fundamental y así lo hemos afirmado durante milenios. “No matarás”, no es solamente precepto divino, sino norma fundamental de la convivencia humana para todos, creyentes o no. Tratándose de un inocente aún no nacido, indefenso, dependiente totalmente de su madre, la obligación de protegerlo y de respetar su vida es tanto más más apremiante y, por tanto, más grave el acabar con esa vida.

El Dios de la creación es el mismo Dios de la revelación, que no puede contradecirse. La revelación reafirma la ley moral natural. Los mandamientos del Sinaí son fundamentalmente el código de la ley natural básica, reafirmado como revelación de Dios. Por eso alguien decía con razón: “si no existiera el decálogo, tendríamos que redactarlo.”

Es mi libre decisión” (free choice)

Dentro de nuestra cultura secularizada, especialmente en los Estados unidos, se da a la “libre decisión” (free choice) un valor de criterio supremo de moralidad. “Esto es bueno para mi, porque yo lo decidí. Nadie puede interferir en mi libre decisión.” El movimiento abortista se autodenomina “pro choice”, (pro  elección), con un nombre que pretende limpiarle la cara al movimiento, destacando como valor central la libertad de elección y escondiendo mañosamente la opción por el aborto y el horrible crimen que se quiere legitimar. Tener un hijo es para las y los abortistas un asunto estrictamente personal y privado, un derecho que todos deben respetar, inclusive el Estado. El Estado, por tanto, no debe inmiscuirse en esta cuestión penalizando el aborto como el crimen que es.

Ciertamente concebir un hijo es una decisión libre, de gran importancia para la familia y la sociedad, que debe ser tomada antes, madura y responsablemente. Esto no autoriza jamás a disponer libremente del niño ya concebido, que ya es una nueva vida en gestación

Mi libre decisión no puede convertir nunca en bueno lo que es malo en sí mismo, intrínsecamente. Yo puedo decidir libremente sólo entre opciones que en sí son buenas. Pero no puedo moralmente elegir entre matar o no matar, entre robar o respetar la propiedad ajena, entre calumniar o respetar la fama del otro, entre mentir o decir la verdad, como si todo diera lo mismo. Eso sería convertir la voluntad humana en fuente de moralidad, por encima de la voluntad sabia del Creador, que se ha expresado a través de la naturaleza y también por su revelación.

Prescindir de Dios y de su ley es la tentación antigua de la Serpiente en el Paraíso: “seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”, es decir autónomos, sin un Dios cuyos preceptos respetar ni a quien dar cuenta de nuestros actos. De aquí vinieron todas nuestras desgracias. En nuestra soberbia, hoy como antaño, no queremos aceptar nuestra condición de creaturas sino que pretendemos ser la última norma de nuestra conducta: “ser como dioses”.

Con razón San Pedro dice: “Ustedes son libres, pero no utilicen la libertad como pretexto para el mal, sino para servir a Dios.” 1 Pe.2:16

El feto no es ser humano”

Es un hecho biológico claro y evidente que, en el hombre como en todas las especies, un huevo fecundado se dirige naturalmente a conformar otro ser de la misma especie. El feto es humano desde el inicio. Por tanto merece el trato y protección que se debe a un ser humano en formación. Ni puede objetarse que no podemos comprobar científicamente en qué momento es creada el alma racional. Esto lleva un falso supuesto, a saber, que primero se da el feto y luego en algún momento Dios le infunde un alma. El alma es la vida y, por tanto, el alma existe desde cuando comienza a existir una vida humana, aunque el cuerpo se halle en los primeros estadios de formación.

Negarle al feto su condición humana es el primer paso para justificar su eliminación. Hemos visto cómo las cortes han hecho y siguen haciendo toda clase de malabares jurídicos para “interpretar” la constitución y la ley de modo que puedan negarle al niño no nacido su condición de ser humano.  De ahí se derivan todas las demás consecuencias.

A jovencitas primerizas que se hallan en problema las instituciones abortistas las engañan diciéndoles que se trata simplemente de extraer una masita, que no es ser humano, procedimiento expedito que les arregla el problema! Es tan sencillo como expulsar un forúnculo. Su destino una vez extraído es el mismo de toda la basura biológica que se recoge diariamente en las clínicas y hospitales (¡). Hasta donde hemos llegado en el desprecio a la vida humana indefensa!

“Tras dos abortos, llegué a creerme las mentiras que me contaron sobre que aquello que crecía en mi vientre no era un  bebé sino un trozo de carne sin vida, o que el aborto vendría a paliar la violencia o el sufrimiento de los niños. Pero yo nunca he visto un niño deseado que luégo deseara haber sido abortado. Yo fui perpetradora del aborto y seguí siéndolo, hasta que Dios me cambio todo eso. Y le doy gracias al Señor por toda esa gente que, con sus campañas, nos iluminan. El aborto hace daño al bebé, a la mujer, a las naciones y mata el futuro.”

                                      (Alveda King, sobrina de ML King Jr

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I. CAMPANA SISTEMATICA PRO ABORTO

                           Padre Jaime Díaz

Cuántas veces he sido confidente del trauma profundo de madres bañadas en lagrimas, abrumadas por el peso enorme de uno o varios abortos, que guardan en secreto, avergonzadas y arrepentidas, alejadas de Dios y de su Iglesia por años, temerosas de confesar su pecado y sin poder acercarse a los sacramentos, perseguidas día y noche por la imaginación de uno o varios niños a quienes llevaron en sus entrañas, pero a quienes les quitaron la vida antes de haber nacido, contradiciendo muchas veces su propia conciencia, bajo presiones y engaños de un padre irresponsable, de familiares, de amigos, de grupos interesados en promover el aborto!

Causas más comunes son: un embarazo no deseado ni esperado, resultado de un adulterio, junto con la vergüenza de aceptar que otros se enteren; la situación económica; el niño concebido es el resultado de un incesto que se quiere ocultar; embarazo prematuro de una jovencita que aún no es capaz de sostenerse, y que ha estado escapándose de casa con su novio adolescente, sin conocimiento de sus padres y aun contra su clara oposición. Aceptar al niño la obligaría a dejar su estudio y a trabajar para ganar el sustento o vivir a costa de sus padres, a quienes este hecho afectaría profundamente. No pudiendo ofrecerle al niño el cuidado que necesita en un hogar estable donde haya padre y madre, prefiere eliminarlo con discreción.

Así el inocente sin voz tiene que pagar con su vida el pecado de quienes lo engendraron irresponsablemente, buscando sólo el placer.

Esto se da dentro de un contexto marcado por una profunda crisis familiar: falta una verdadera familia que eduque a los hijos; por una aguda recesión económica, que afecta todos los sectores de la vida: educación, empleo, vivienda, comida, etc.; por la insensibilidad de muchas autoridades ante las necesidades del niño y de la familia; por una mentalidad hedonista, en que el sexo se ha exacerbado y publicitado como un divertimiento banal, necesario y pasajero, no importa la edad, sin relación con el amor, el compromiso y la generación de la vida. Es el placer sin consecuencias entre personas de diverso o del mismo sexo. Engendrar un hijo está excluido del programa. Se proclama la libertad sexual absoluta y la promiscuidad, ahora estimuladas por la distribución gratuita de anticonceptivos y condones a estudiantes de escuelas públicas. La pornografía ha irrumpido hasta la intimidad de la alcoba por medio del Internet corrompiendo a niños y jóvenes y creando tempranas adicciones que traerán para ellos nefastas consecuencias para su vida personal y familiar. Como resultado crece el número de niños y jóvenes que tienen experiencia sexual prematura y aumentan los embarazos no deseados, con todos los problemas que esto implica. Ante la multiplicación de embarazos no deseados, el aborto se ofrece como la solución.

Hay ciertamente situaciones muy dramáticas que no excusan pero explican la tremenda decisión de un aborto. No es, sin embargo, mi intención hacer juicio de personas, sino ofrecer algunas reflexiones para hacer claridad sobre los valores éticos aquí implicados.

Una verdadera cruzada contra los niños

Estamos frente a una verdadera cruzada internacional sistemática para presionar la legitimación del aborto especialmente en los países de America Latina, liderada y financiada por los Estados Unidos y también por otros países. En 2012  España destinó 7.3  millones de dólares para organizar en capitales latinoamericanas foros con el fin de promover el aborto libre y gratuito.

Se proclaman como fundamentales y universales los engañosamente llamados “derechos reproductivos” de la mujer a través de los organismos de la ONU, de diversas instancias nacionales e internacionales, de partidos políticos, poderosos medios de comunicación, fundaciones y organizaciones de “salud” como la IPPF (Federación Internacional de paternidad planificada), financiada por nuestro Gobierno. Este paquete  incluye el aborto y los anticonceptivos abortivos, como necesarios para la salud preventiva de la mujer, como si el embarazo fuera una enfermedad que hay que prevenir. Y se pretende que todo esto se financie con nuestros impuestos, convirtiéndonos a todos en cómplices del crimen legalizado

 Aquí no se trata del derecho a la “reproducción” responsable,  sino de eliminarla aun por medios criminales. Defender el derecho del niño a  nacer a nacer y a vivir es visto como “discriminación” contra la mujer. Se supone que la madre tiene derechos, pero el niño no.

En su política exterior nuestro Gobierno está exigiendo sistemáticamente a otros países con culturas y valores morales y religiosos muy diferentes, el reconocimiento legal de tales “derechos”, así entendidos, incluyendo dar a las uniones homosexuales el carácter de verdadero “matrimonio”, como un “derecho universal”.

Esta es una condición para formalizar tratados internacionales. Así ejercemos el imperialismo moral y cultural sobre otros pueblos. Queremos “exportar a América”, no sólo extendiendo nuestro comercio, sino también, valernos de nuestra posición, para imponer criterios y valores de orden moral, que van en contra de la vida y de la familia y que son rechazados por gran parte de la población norteamericana.. Todo esto proyecta una imagen muy negativa de nuestro país: muchos nos ven como un influjo maligno, corruptor y aun satánico, que genera rechazo y aun odio, especialmente en ciertas culturas.

Se esta desarrollando toda una batalla política y mediática para “cuidar el lenguaje” sobre el aborto, presentándolo con términos neutros, objetivos, técnicos, que oculten toda connotación moral y la violencia, injusticia y maldad intrínsecas al aborto, tales como “Interrupción del embarazo o de la gestación”.

Todo esto configura un macro proyecto maligno de destrucción de los valores morales fundamentales de la sociedad, especialmente el respeto a la vida humana, y de corrupción de nuestra juventud. Ello implica desconocer la libertad de conciencia y atacar los valores, símbolos e instituciones religiosas, aun por medio de la violencia física, como se ha visto ya en varios países. Se ha inaugurado un nuevo estilo de persecución religiosa que pretende obligar a las iglesias a actuar en  contra de sus principios morales no negociables y a los ciudadanos a financiar con sus impuestos el crimen, convertido en derecho, en contra de su conciencia.

 “La cultura de la muerte se basa en las mismas mentiras que sustentaban la segregación y discriminación racial en Estados Unidos, que llevan a valorar unas vidas y a despreciar otras”, dijo Alveda King, sobrina de M.L., con base en su personal experiencia de haber padecido el racismo y la segregación y después de haber producido dos abortos. Ella añade: “la industria abortista sabe el efecto que tiene el que las personas vean cómo se producen los abortos. Por eso tratan de ocultar la trágica e inhumana realidad del aborto, escondiendo su negocio sin escrúpulos de forma farisea, con un lenguaje mentiroso y manipulador que habla de los derechos humanos y de la salud de la mujer”.

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APRENDER A MATAR JUGANDO

                                                                      Por Jaime de J. Díaz

El país entero se ha visto profundamente conmovido cada vez que suceden  tragedias de matanzas masivas en escuelas, universidades, teatros, con potentes armas, debidamente autorizadas por la ley, supuestamente para defensa personal. Vuelve sobre el tapete el tema de las armas y  nos preguntamos por qué sucedió esto, por qué hay en manos de particulares armas de guerra que ciertamente no son para matar conejos y qué hacer para prevenir el uso irresponsable de las armas en el futuro.

En una de esas ocasiones, cuando la última tragedia era el tema central de todos los medios, yo también fui victima de un sorpresivo ataque mortal, del que afortunadamente salí ileso. Estaba yo entado disfrutando de un rato de descanso, frente a un lago, orando y contemplando la naturaleza en casa de unos parientes. De pronto entra por un lado un niño de unos 6 años en actitud guerrera,  se me abalanzó con su pistola acuática y me disparó varias veces. Tuve que suspender para irme a secar. Fortuna tuve de que no fuera un arma de verdad. Pero me sentí agredido por un inocente desconocido que, además,  no se excusó, aunque sus padres más tarde lo hicieron por él.

El  hecho suscitó entre vecinos, padres e hijos, una discusión sobre los juguetes bélicos en manos de los niños y sus efectos. De hecho, desde aquel día los pocos niños que decidieron no usarlos fueron excluidos de los juegos de siempre. Quedaron como un grupo de pacifistas ingenuos, fuera de contexto en un país en que los ciudadanos reclaman como sagrado el derecho de estar armados.

Existe una profunda conexión entre los que disparan en serio causando muchas muertes y el inocente juego de los niños con ametralladoras, pistolas, revólveres, tanques de guerra  y toda clase de sofisticadas armas de guerra. Y qué decir de los juegos electrónicos en que la finalidad es pulverizar al enemigo?  Vi por la televisión a una madre que lleva a su hijo de 9 años al club de tiro para que aprenda a disparar. Qué busca esa madre para su hijo?

Nuestros niños aprenden a matar jugando.

Hoy con agua. Mañana con armas y proyectiles de verdad.  Los padres de familia que ponen juguetes bélicos en manos de sus hijos los están entrenando, no para defenderse, sino para atacar. Preparan así a los futuros  criminales. Pero, ni los niños, ni muchos padres, se dan cuenta de la violencia que se esconde detrás de todo esto. Así se alimenta el armamentismo personal y nacional y la ideología de la violencia y se apoya inconscientemente  el gran negocio de las armas, el segundo más grande del mundo, junto con el narcotráfico. Dos industrias de muerte que son hermanas y se apoyan mutuamente.

Estamos abrumados por una cultura de violencia, que es parte de la cultura de la muerte. Hay quienes defienden como inocua la terrible violencia que vemos en la televisión y en el cine. Un día tuve que salirme de un cine porque no resistí  la terrible violencia. Pero en la sala había unos cuantos niños, porque la película se consideraba apropiada para ellos.

Muchos países, cansados de tanto crimen, tratan de desarmar a sus ciudadanos. Aquí, cuando se toca el tema del control de venta y posesión de armas, se escuchan los gritos estridentes de quienes defienden a muerte su derecho a poseer toda clase armas basados en una enmienda constitucional aprobada en otro contexto y para otros tiempos cuando aún no existían las terribles armas de hoy. Las autoridades no se atreven a tomar posición clara sobre esto, pues son muy poderosos los intereses económicos que están detrás y porque además hay muchos millones en juego para impedir los controles que puedan afectar el negocio. Los legisladores favorecidos se ven obligados a  dejar el campo libre el sucio y muy lucrativo negocio de la muerte.

Ciertas medicinas están controladas, para evitar perjuicios a la salud, pero cualquiera puede obtener y usar armas de gran potencia.

En nuestro nombre y con nuestro dinero nuestro Gobierno ha declarado guerras con falsos argumentos, ha ordenado matar, secuestrar, detener y torturar en cualquier parte a quienes considera “sospechosos”. Pero no queremos que se sepa, porque esto afectaría “nuestra seguridad nacional”. Ahora, como gran avance, tenemos muy cerca del Capitolio una sofisticada oficina en que se elabora la “matriz de eliminación”, que es nuestra lista de condenados a muerte en cualquier parte del mundo utilizando nuestros sofisticados aviones no tripulados, llamados “drones”. En la noche ellos arrojarán la bomba sobre el “objetivo” preciso matando a quienes duermen pacíficamente con toda su familia.  Es un nuevo sistema de “guerra” que nos hemos inventado y que puede volverse peligrosamente contra nosotros. Ya se escuchan en Pakistan y Afganistan los gritos de las multitudes: “Paren esta brutalidad!”  Pero, según las noticias, este es un programa a varios años, “como quien corta el césped”. Cuando crezca habrá que cortarlo de nuevo. Así, en vez de ganar amigos, estaremos multiplicando por miles a los que nos odian y rechazan y tendremos que seguir cortando un césped cada vez mas extenso! Por cuántos años?.

Impresiona ver cómo se promueve la violencia guerrera como la forma más alta de patriotismo. Como país, justificamos lo injustificable con el falso argumento de defender nuestros derechos, nuestro estilo de vida y nuestra seguridad. Practicamos la venganza como una exigencia de dignidad, y el aplastamiento del otro como  la única forma digna para garantizar nuestra “victoria”. Consideramos el dialogo como debilidad y el reconocimiento de nuestros errores como una humillación. Preferimos la actitud arrogante del dueño del mundo que no tiene a quien dar cuenta de sus actos. Desperdiciamos billones para “apoyar a nuestros soldados” metiéndolos en un callejón sin salida y para producir nuevas armas y vehículos de guerra, mientras aumentan los pobres y nos faltan recursos para la vida en el país más prospero del mundo. Ya se oyen resonar los tambores de una nueva guerra basada en presunciones, pero sin evidencias, como hicimos con Irak. . Nos hemos convertido en el país más bélico y peligroso del planeta, con el mayor arsenal de toda clase de armas,  prohibidas para otros, pero no para nosotros.

Así la familia, el Estado, los políticos  y  el negocio  se unen de hecho para promover y financiar la violencia entre personas y también entre países, comenzando con educar a los niños para el uso de las armas.. Nuestro planeta, maltratado y abusado,  es también la victima silenciosa de  nuestra barbarie.

Mientras unos nos empujan irresponsablemente a continuar el armamentismo y la guerra, otros proclamamos la paz y la no violencia. Seguimos creyendo, con base en respetables experiencias históricas, que las armas no son las que construyen la paz. Que la paz no armada es más barata, más efectiva, más profunda y más duradera, aunque también más exigente, porque pide un cambio interior. Esa paz es posible, si nos unimos para buscarla.  Ello nos exige a todos buscar primero la paz personal y familiar para poder ser mensajeros de paz. Urge eliminar de las manos de la niñez y la juventud los juegos guerreros. 30/10/2012. Educar para la tolerancia y la convivencia entre quienes pensamos diferente es una tarea urgente, si queremos vivir en paz.

 Ojala el doloroso mensaje de nuestras repetidas matanzas nos lleve por fin a rectificar nuestros caminos.

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¿“MATRIMONIO” HOMOSEXUAL?

                                                                      Padre Jaime Díaz

Este  tema ha suscitado intenso y amplio debate especialmente en los partidos políticos, en los medios de comunicación, en las cortes, en el Congreso y en las iglesias. Ha irrumpido en la arena política y legal en los últimos años. Los homosexuales, tradicionalmente discriminados, han salido a la luz pública organizadamente a defender su condición, a luchar contra la discriminación y a reclamar respeto, a difundir su estilo de vida y lo que consideran sus valores y a exigir como derecho el contraer “matrimonio”.

Parten de la base de que el matrimonio es un “derecho universal”. Por tanto no puede negarse a los homosexuales. Ellos reclaman el derecho a amarse, a convivir, a formar pareja, a heredarse, y, a todos los beneficios de que disfruta una pareja heterosexual en nuestra sociedad, incluida la adopción de niños, que ellos no pueden tener.18/10/2012

Esta es, como el aborto, una cuestión que toca el derecho natural y también los valores culturales y los principios religiosos.

Aquí hay dos aspectos que crean un serio problema moral y religioso: la práctica de la homosexualidad y el cambio radical en la concepción misma de “matrimonio”, al convertir la unión homosexual en “matrimonio”.

La homosexualidad puede ser genética o aprendida del ambiente. El hecho de tener esta tendencia no descalifica moralmente a nadie ni disminuye su dignidad como ser humano.

Es necesario distinguir la tendencia homosexual de su práctica.

En todo ser humano las pasiones desordenadas tienden espontáneamente al mal. Es nuestro deber controlarlas y dirigirlas según la recta razón y, para un cristiano, según la guía  del Espíritu Santo. San Pablo distingue muy bien las obras de la carne, que llevan a la muerte, de las obras del Espíritu, que llevan a la paz, la felicidad y la vida. El control de si mismo supone negación, sacrificio. Sin esto es imposible vivir a la altura de  un ser humano y, menos aún, de un hijo de Dios. Satisfacer las propias tendencias instintivas lleva a destruirnos como personas y a quebrantar nuestra relación con los demás. Lo estamos viendo todos los días!

La práctica homosexual ha sido considerada como inmoral y también ilegal en muchos lugares. Algunas culturas la castigan severamente. En la tradición judeo-cristiana está claramente condenada como abominación y como pecado que excluye del Reino de Dios (1 Cor. 6:10). La ciudad de Sodoma fue destruida por el fuego y azufre enviados del cielo a causa del pecado de Sodomía, que de esa ciudad tomó su nombre (Gen. 19). Algunas iglesias cristianas han querido re reinterpretar los textos bíblicos para justificar la práctica de la homosexualidad, inclusive por parte de obispos y sacerdotes. La Iglesia Católica continúa fiel a la interpretación y practica milenarias y no se considera competente para cambiar lo que Dios ha establecido.

Dentro de la Iglesia Católica hay homosexuales que sobrellevan la cruz de su propia condición, viven en abstinencia, llevan una intensa vida espiritual, ponen sus ricos dones al servicio de los demás y son plenamente acogidos dentro de la comunidad. Viven así su vocación cristiana. Ellos son hijos de Dios como cualquiera otro, amados por El, llamados a su Reino. Pero en esto hay todavía un largo camino por recorrer.

Quienes no participan de esta misma fe religiosa tienen el derecho a actuar según su conciencia. Quienes disentimos por razones de conciencia, claramente fundamentadas, tenemos también el derecho y deber de actuar según nuestros principios.

Pretender que las uniones homosexuales sean reconocidas por la ley como “matrimonio” implica una nueva concepción del matrimonio y, por tanto de la familia, célula fundamental de la sociedad. Es una ruptura con la concepción milenaria que todos los pueblos han tenido, sin distingos de religión, nacionalidad, cultura o tiempo.

El matrimonio es una institución natural y divina, entre varón y mujer, ordenada a la continuación de la especie como resultado del amor mutuo. Es radicalmente fecundo.

La unión homosexual, en cambio, es entre dos seres del mismo sexo y, por tanto, radicalmente infecunda. Esto no encaja en el orden natural. De allí no pueden nacer hijos, por eso reclaman el derecho a adoptarlos. Sin embargo, respetando a quienes piensan lo contrario, el equilibrio emocional y afectivo de un niño y la construcción de su identidad como ser humano exigen tener relación con un padre varón y una madre mujer, según la naturaleza.

Basta abrir los ojos para ver que, por su propia constitución física y psicológica, el varón y la mujer han sido hechos el uno para el otro, para complementarse como diferentes. Todas las especies forman parejas de macho y hembra. Cada uno tiene su función propia. La naturaleza misma lleva dentro de sí su propio lenguaje, que expresa la voluntad del Creador. Hay que saber leerlo para reconocer y respetar las leyes que rigen el mundo físico, biológico  y también el moral.

Sería suficiente para satisfacer sus demandas que las “uniones homosexuales” fueran reconocidas legalmente como tales, con ciertos derechos mutuos, sin ir más allá. Qué interés hay en desvirtuar la concepción tradicional de matrimonio y de familia? Y sobre qué base el Estado se abroga el derecho a legislar modificando lo que Dios ha establecido tan claramente?

Esto es parte de una campaña sistemática para atacar la concepción tradicional de familia con sus valores, entre los cuales está la protección de la vida desde su concepción.  Manipular un asunto tan delicado como la concepción misma de pareja/familia y cambiar las bases de la moralidad, compromete muy seriamente el futuro de la humanidad. Esto desborda la capacidad y competencia de toda institución y autoridad. Sucede algo semejante con la manipulación genética del ser humano. No podemos jugar a convertirnos en dioses, corrigiéndole a Dios la plana, porque acabaremos padeciendo a largo plazo las consecuencias de nuestra propia arrogancia. Al paso que vamos, es previsible que el día de mañana pretenda el Estado exigir a las iglesias la celebración de matrimonios homosexuales como parte de su “derecho universal” a contraer “matrimonio”. Aquí, como en el caso del aborto, habría que obedecer a Dios antes que a los hombres, afrontando todas las consecuencias.

Ni el Estado ni ninguna ley humana fundamenten la moralidad de nuestros actos. La ley moral, tanto natural como divina, es la norma suprema. Los legisladores no son dioses con competencia para reorganizar el mundo y cambiar el concepto de bien y de mal.

Valen aquí las maldiciones del profeta Isaías en el capítulo 5: “!Ay de ustedes que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno; que convierten la luz en oscuridad y la oscuridad en luz; que convierten lo amargo en dulce y lo dulce en amargo!” .

Esto es lo que hacen quienes legalizan el crimen y pretenden convertir en honesto lo que es en sí mismo inmoral.

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MALENTENDIDOS SOBRE LOS LLAMADOS “últimos sacramentos”

Une vez más me sucedió hoy. Llamaron con urgencia del Hospital para pedir que un sacerdote fuera a asistir espiritualmente con los sacramentos de enfermos a una persona en estado crítico. Volé para llegar a tiempo. Encontré a una mujer de mediana edad, víctima de un accidente, can su cara morada por hematomas, entubada, pálida, fría y en aparente estado de inconsciencia.  Su madre, hermanas y primos la rodeaban conmovidos. Antes de proceder traté de informarme sobre el tiempo de su estadía en la clínica: tres semanas. Pero solo ahora pidieron al sacerdote, me dice la madre, porque su hija todavía no quería los sacramentos. Le daba miedo pedirlos. Allí había miembros de la familia que estaban en otra tónica, pero no habían podido hacer nada frente a esta situación.

Con demasiada frecuencia me he encontrado con casos semejantes en mi largo ministerio con enfermos. Llaman cuando ya el enfermo está en coma o en agonía, imposibilitado para confesarse, para recibir conscientemente consuelo y fortaleza, para recibir el Santo Viático, que es el alimento para el viaje final a la eternidad. O se ocupan de todo, menos de lo espiritual, que queda relegado al último lugar, cuando ya los esfuerzos de los médicos no parecen tener éxito para derrotar la muerte. No raras veces cuando llego ya la persona ha muerto aunque conserva aún algo del calor de la vida.

En casos semejantes, el sacerdote, sabiendo que el oído es lo último que se pierde, le habla brevemente al enfermo para exhortarlo a confiar en Dios nuestro Padre que lo ama, a reavivar su fe y esperanza en la vida eterna prometida, le entregue su vida y se arrepienta de todos sus pecados. Entonces le imparte la absolución de sus pecados y la indulgencia plenaria, le administra la unción de los enfermos y, según el caso, encomienda su alma a Dios.

Desafortunadamente mucha gente le tiene tal horror a la muerte, que le ocultan al enfermo la gravedad de su situación y no quieren nada que se la recuerde. El sacerdote es visto como un ave de mal agüero que viene para acabar con la vida del enfermo. El es como la representación de la muerte.  Su sola presencia causa miedo. La familia quiere evitar que el enfermo, al ver al sacerdote, se muera de miedo de morirse.

Esto manifiesta una visión totalmente pagana y anticristiana de la muerte, propia de “los que no tienen esperanza”, como dice San Pablo. Sin embargo, esta manera de pensar se encuentra aun entre personas que se consideran cristianas. La muerte para ellos trae solo tristeza y desolación, tanto mayores cuanto más gratos son los recuerdos evocados de la vida del difunto. Ellos tienen un pasado que recordar pero no un futuro que esperar. Todo se acaba en el sepulcro.

Los creyentes en Cristo, por el contrario, tenemos esperanza, tenemos futuro. Vemos la muerte como el tránsito a un nivel superior de existencia, como el paso a la vida eterna e inmortal, como la liberación de los sufrimientos  de esta vida, como el encuentro con el Señor, como la culminación de nuestra vida. Para nosotros morir es hacer conscientemente la ofrenda final de toda nuestra existencia habiendo cumplido nuestra misión en la tierra, en imitación de Cristo que dijo: “Todo se ha cumplido. En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu”. Morir es coronar nuestra Eucaristía. No es simplemente dejar de existir sino entregar la vida con esperanza en las manos de nuestro Padre. En esta perspectiva, la muerte con todo el sufrimiento que ella implica para el difunto y para quienes lloran su partida, se ve mitigada por la esperanza en la resurrección gloriosa, con la cual llegan a perfección todo el proyecto de Dios para nosotros y se ven satisfechos los más profundos anhelos de nuestro ser.

El rito funerario es, para los que no tienen esperanza, lamento adolorido ante una vida que se acabó. Para los creyentes, en cambio, es la celebración de la derrota de la muerte y del triunfo de la vida en Cristo. Esto se ha hecho más claro después del Concilio Vaticano II: el negro de luto ha sido reemplazado por el blanco de la pascua; el aleluya de alegría se destaca en la liturgia, porque alabamos a Dios por la vida pasada y sobre todo por la futura que esperamos.

Una concepción pagana de la muerte, va de la mano con un falso entendimiento de los “sacramentos de enfermos”, que muchos erróneamente denominan “last rites”(últimos sacramentos), en un lenguaje ya superado desde el Concilio Vaticano II, pero que desafortunadamente no ha desaparecido ni de los labios ni de la mente de muchos católicos.

La Iglesia, como buena madre, acude en auxilio de sus hijos enfermos para ofrecerles de parte de Dios curación espiritual y aun física en el trance difícil de la enfermedad y ante la cercanía de la muerte. Hay dos sacramentos llamados “de curación”, que son la confesión y la unción de los enfermos con óleo bendito, precedida de la imposición de manos y acompañada de la oración por la salud física y espiritual del enfermo. La Unción de los enfermos, según el Concilio y el Catecismo de la Iglesia, “no es un sacramento solo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez.” (#1514) “Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Esto mismo puede aplicarse a las personas de edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan” (Cat 1515)

“La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente la tentación de desaliento y de angustia ante la muerte. Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios” (Cat 1520) 

Desde los orígenes, la Iglesia ha venido cumpliendo como Cristo su ministerio de curación por medio de la unción, según el mandato apostólico a que se refiere Santiago en su carta: “Está enfermo alguno de ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia y que recen por é después de ungirlo con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y, si ha cometido pecado, lo perdonará.”  (5:14-15)  El presbítero pide que, “libre de tus pecados te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad.”

La Sagrada Comunión es el punto culminante de la asistencia al enfermo. Es recibir a Cristo Resucitado, Señor de la Vida, para salud de alma y cuerpo. Cuando la persona está a punto de morir, este Sacramento se administra en forma de Viático, es decir, de alimento espiritual para el gran viaje final.

Todo católico, “cuando empieza a estar en peligro de muerte”, tiene la obligación de ponerse en paz con Dios por la confesión, de recibir el sacramento de la unción de los enfermos y la Sagrada Comunión. Los familiares, amigos y quienes se ocupan de su salud, han de ayudarlo a pensar en ello y a facilitarle a tiempo los medios para lograrlo. Va en ello, no solo su salvación eterna, sino también su salud emocional, espiritual y aun física. Yo puedo dar testimonio de cómo el sacramento de la unción de los enfermos, administrado a tiempo, ha  sido decisivo en la curación de enfermos, que comienzan a reaccionar inmediatamente después de haberlo recibido. Nuestro Medico Divino actúa según sus designios para bien del enfermo.

Cuántas personas, que vivieron años alejadas de Dios,  encuentran en su enfermedad la gracia de la conversión y de la sanación espiritual, para comenzar una vida nueva en el tiempo que les queda. Me he encontrado muchos enfermos que bendicen el día en que el sacerdote los asistió. Otros, al principio duros para acercarse al Señor, después de un tiempo de reflexión piden al fin los sacramentos y los reciben con mucha devoción. Otros bautizados católicos rechazan la visita del sacerdote y no quieren ni oír hablar de Dios, ni de la Iglesia ni de los sacramentos. Perdieron la fe y se lanzan en su ceguedad y obstinación hacia el precipicio en su hora final. Otros decidieron entenderse directamente con Dios y prescindieron de la mediación de la Iglesia rechazando lo establecido por el Señor. Para uno como sacerdote este es un desafío pastoral, para procurar en lo posible entablar con ellos un dialogo que les permita sincerarse, liberarse de sus iras, resentimientos y heridas y aclarar ideas para reencontrarse humildemente con Dios y con su Iglesia en el atardecer de la vida.

Se requiere un cambio de mentalidad acerca de la muerte y los sacramentos de enfermos, para que los fieles católicos entiendan y aprecien la gracia que estos sacramentos de vida brindan y les den la importancia que merecen para su propia vida y para la de otros miembros de su familia o comunidad.

Fr. Jaime Diaz

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