IV. Iglesia y Gobierno enfrentados por el aborto

La Iglesia Católica como tal ha sido muy clara y firme en oponerse al aborto y al uso de todo medio abortivo, aunque algunos de sus miembros disientan. Es ley natural y mandato divino “no matar”. Esta no es materia de libre opinión. Lo que viene de Dios no pude tomarse como un menú del que escoges lo que te conviene. O lo tomas o lo dejas, pero no estás en libertad para escoger, desechar o añadir. Ni tampoco es la encuesta de opinión la que define la moral. Si quieres ser y llamarte católico, tomas la totalidad de la fe y de la moral cristiana como la enseña y profesa la Iglesia, o no eres católico aunque lo digas.

La Iglesia ha sido y tiene que ser por principio defensora de la vida y de la dignidad humana, sin excepciones. Ha ofrecido a las madres que piensan abortar toda clase de asistencia y ha organizado para ello servicios especiales de asistencia material, psicológica y espiritual que existen en casi todas las parroquias. Les ofrece alternativas y les da la posibilidad de ver al niño que se desarrolla en su seno, para que se informen bien antes de tomar tan grave decisión. Los abortistas se oponen a esto, por considerarlo una presión e invasión en la vida privada de una madre. Para ellos es mejor actuar con los ojos cerrados!

“Antes y ahora la cultura de la muerte intenta que sus victimas no sean visibles. Hasta que no se lograron proteger y difundir las primeras fotos de  violencia racial en Estados Unidos y mostrar esa realidad, se negaba lo que estaba ocurriendo. El ver la realidad hizo a la gente reaccionar.”

“Ahora vemos cómo los promotores del aborto se cierran a la banda, por ejemplo, a que se muestren ecografías a la mujer embarazada antes de abortar. Como ocurrió en la cuestión racial, América no rechazará el aborto hasta que lo vea.”

                                         (Alveda King)

La Iglesia ha tomado posición ante sus fieles y ante las autoridades civiles en repetidas ocasiones, no solo en cuanto al aborto se refiere, sino acerca de otros temas candentes de interés común, no para imponer sus criterios religiosos, sino para elevar su voz en defensa de la dignidad de todo ser humano, especialmente de los más indefensos. La dignidad humana es causa común de la humanidad, valor universal que abarca y supera el ámbito religioso y sobre el cual se edifica la sociedad. Con razón se ha ido conformando un amplio frente ecuménico, del cual forman parte muchas organizaciones y personas, creyentes o no, para hacer escuchar nuestra voz solidariamente por todos los medios a nuestro alcance y para iniciar las acciones legales correspondientes. Nuestros Obispos animan a los fieles a informarse bien, a tomar posición ante los legisladores, a influir en la opinión pública y a votar en consecuencia. Esta no es una cuestión de liberales o conservadores, sino de personas conscientes de que todo ser humano, nacido o no, tiene una dignidad inviolable, dada por el Creador, la cual debe ser reconocida y protegida por todos.

Dada la gravedad del crimen del aborto, la Iglesia Católica impone, ipso facto, sin necesidad de sentencia, la máxima pena, la excomunión “a quien procure el aborto, si este se produce” (Can. 1398)

Cuando un cristiano, católico o no, apoya el aborto, está contradiciendo un mandamiento divino, que es parte integral de su fe, no materia discutible u opinable. Desafortunadamente hay políticos y personas en posiciones de autoridad, para quienes la ideología de su partido tiene más valor que los preceptos divinos. No conectan su fe con sus decisiones políticas. Pero siguen identificándose como cristianos, con escándalo y confusión para muchos creyentes. Esto ha generado un debate sobre si los promotores del aborto deben ser excluidos de recibir la Comunión Eucarística, que implica estar en gracia de Dios, reconciliados con El y con el prójimo, procurar cumplir sus mandamientos y no dar escándalo publico. Cómo puede considerarse digno de comulgar quien aprueba y aun promueve el homicidio de inocentes? Cuántos crímenes lleva sobre sí un juez, legislador o persona en autoridad que aprueba, legitima o promueve el aborto?

Tales personas deberían abstenerse de comulgar, sin necesidad de que la autoridad eclesiástica intervenga. Con su actitud se han excluido ya a sí mismos de la comunión eclesial en la fe, y, por tanto, de la Eucaristía. San Pablo amonesta severamente a los Corintios sobre esto: “Quien coma o beba el cáliz del Señor indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Examínese, pues, cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque quien come y bebe sin reconocer el cuerpo, come y bebe su propio castigo.” 1 Cor. 11:27,28

El Estado en conflicto con la Iglesia

El Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos ordenó a principios del año 2012 que todos los empleadores sin excepción sean obligados a ofrecer a sus empleados un seguro de salud que incluya el aborto, la esterilización, y contraceptivos abortivos. Inmediatamente los Obispos se opusieron públicamente a esto, por ser una flagrante violación de la Primera Enmienda Constitucional que reconoce la libertad religiosa como la primera y fundamental, reclaman para los católicos el respeto a la libertad de conciencia y anuncian:”no podemos –y no lo haremos- obedecer a esta ley injusta”

El mismo Arzobispo Capellán Castrense escribió una carta que debía ser leída en todas las misas. Pero se quiso evitar su lectura, especialmente el párrafo donde esta ley se califica como “injusta”.

Como Iglesia nos vemos forzados a la “desobediencia civil” en bloque, a menos que el Gobierno abrogue esta disposición. Ya Juan Pablo II en la Evangelium Vitae había advertido que, si en algún caso, hospitales, médicos y enfermeras católicos se vieren legalmente obligados a cooperar con el aborto, deberán rehusar obedecer y afrontar todas las consecuencias. La Iglesia Católica tiene una larga historia de resistencia ante las pretensiones de la autoridad civil para sojuzgar las conciencias y ha pagado por ello el precio máximo. Ya desde sus orígenes los Apóstoles negaron obediencia a las autoridades romanas y judías que les prohibían predicar el nombre de Jesús bajo severas penas: “Hay que obedecer a Dios antes que a hombres”. (He 5:29) Este principio ha sido y seguirá siendo norma y guía para la Iglesia.

Nunca en la historia de nuestro país se había dado semejante agresión moral contra la libertad religiosa y contra la conciencia de creyentes o no que respetamos la vida humana como un absoluto no negociable. Como van las cosas, ante la intransigencia del Estado, la Iglesia puede verse obligada a sentar un precedente en nuestro país y a dar un poderoso testimonio frente a las pretensiones abusivas del Gobierno, afrontando todas las consecuencias. Ya ha habido entre nosotros autoridades civiles que han pretendido obligar a la Iglesia a violar sus principios y normas fundamentales, como cuando se pretendió obligar a los sacerdotes a revelar a las autoridades el secreto de confesión, tratándose de abuso de menores, o de de prohibir socorrer en grave necesidad a los indocumentados con la práctica evangélica de las obras de misericordia, que serán en el juicio final el criterio decisivo para ser acogidos en el Reino de Dios.

La oposición de la Iglesia al aborto y a los anticonceptivos abortivos se ha pretendido presentar como “guerra contra la mujer”, pero, en realidad, la guerra es contra los niños no nacidos, a quienes se quiere asesinar bajo el amparo de leyes que carecen de toda legitimad moral.

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Categorías: Fr. Jaime Díaz | Deja un comentario

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