II. Las falacias pro aborto

Se esgrimen como argumentos a favor del aborto una serie de falacias que, a fuer de repetidas, van calando sin análisis en la mente de muchos, incluidos muchos católicos. Vale la pena analizarlas. 

El instinto maternal

El instinto maternal y paternal lleva en todas las especies a proteger a sus crías. Con cuánto mayor razón en el ser humano, que comprende lo que hace y que toma decisiones racionales, que sobrepasan las inclinaciones del instinto.  Matar a su propio hijo por las razones que sea siempre será para una madre un trauma muy profundo, pues esto violenta su natural tendencia a amar al hijo y a cuidar amorosamente de él, aun a riesgo de la propia vida. La madre viene a ser psicológica y espiritualmente victima de su propia acción.

El escritor chino Mo Yan, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2012, arrepentido por haber hecho que su esposa abortara en su segundo embarazo, confesó: “esto se ha convertido en una cicatriz eterna en lo más profundo de mi corazón”.

Aun en las especies más agresivas de fieras las madres cuidan de sus hijos y los defienden de los peligros a toda costa. La tigresa, la leona, la pantera, la osa, lamen a sus cachorros con ternura, si así podemos decirlo, y los alimentan pacíficamente cobijándolos con su cuerpo. Entre nosotros los humanos, raza inteligente y superior, contrasta el hecho de que muchas madres, por su propio interés, reclamen como un “derecho” su “libre decisión” de quitarle la vida a su hijo aún no nacido. Ya hemos visto actos de violencia religiosa. En Argentina una turba de partidarios del aborto y el matrimonio homosexual agredió a una comunidad católica que oraba por la vida. En Colombia en plena plaza de Bolívar en el centro de Bogotá otro grupo de manifestantes profanó públicamente la Santa Cruz, símbolo de vida y de redención para todos los cristianos.

No solamente las iglesias cristianas y las principales religiones del mundo, sino mucha gente no creyente, pero de claro sentido moral, se opone a que se reconozca como derecho el quitarle la vida a otro ser humano inocente y, menos aún, una madre a su propio hijo. Al fin y al cabo aquí está en juego el respeto a la vida, valor absoluto, fundamental para la convivencia humana, no solo para creyentes.

Veamos algunas de las falacias que hoy se pregonan internacionalmente  como razones para legitimar el aborto.

Hago de mi cuerpo lo que quiera”

Es evidente para cualquiera sin prejuicios que el feto es específicamente un ser humano que va formándose en un periodo de 9 meses en el seno materno. No es una enfermedad ni un órgano o miembro del cuerpo de la madre, del cual ella pueda prescindir a voluntad alegando que es dueña de hacer de su cuerpo lo que quiera. Nadie tiene derecho absoluto sobre su cuerpo. El feto no puede equipararse a un brazo gangrenado que se debe amputar para salvar la propia vida. A nadie se le ocurre exigir como derecho que le amputen o extraigan un miembro u órgano caprichosamente, a no ser que adolezca de algún grave trastorno mental que ameritaría un tratamiento psiquiátrico. Ningún médico honesto, aunque le pagaran muy bien, se prestaría a esto. Pero los hay que no ven ninguna contradicción ética en matar directamente al niño no nacido!

El niño no nacido es un huésped transitorio en el seno materno, llamado a nacer y a madurar progresivamente hasta tener vida propia en todos los campos. El feto posee radicalmente en potencia todas las facultades propias del ser humano. Las irá ejerciendo según su desarrollo físico y el ambiente que lo rodee. El hecho de no poder vivir aún fuera del vientre materno no elimina ni disminuye su condición de ser humano, con derechos, tanto más respetables, cuanto más frágil es su condición. El niño no es propiedad de sus padres. No pueden estos disponer de él como si fuera un objeto. La vida, propia o ajena, es siempre un don del Creador, aunque haya sido concebida por medios injustos e inmorales. El niño es el resultado de las acciones humanas, libres o no; no causante de ellas.

Matar al niño para salvar la madre

Aunque, según los médicos, no es frecuente hallar situaciones en que la vida del niño ponga en peligro cierto la vida de la madre, demos por hecho que el caso se da. Se considera entonces que hay que decidir a quién salvar. Normalmente el niño pierde y la madre gana.

El fin bueno de salvar a la madre no justifica un medio intrínsecamente malo, como es matar a un inocente. El principio de “el fin justifica los medios” está corrompiendo el criterio moral y la práctica en la economía, en la política, en la defensa de nuestra seguridad: cometer fraude para ganar dinero aun a costa de mucha gente, mentir para conseguir votos, torturar para obtener información, etc.

El niño no puede equipararse a un “injusto agresor” del cual la madre tenga el derecho a defenderse por los medios que sea.

La moral católica y la ética natural siempre han sostenido que hay que tratar de salvar ambas vidas. Si alguno de los dos muere, esto sucede por causas naturales fuera del control humano, no porque alguien haya decidido quién muere y quién vive. Una decisión de este tipo es una sentencia de muerte sin juicio ni causa, un verdadero homicidio. Lo que se espera de una verdadera madre es que esté dispuesta a dar su vida por su hijo, en vez de matarlo para que ella viva.

¿Asunto puramente religioso?

Se ha pretendido debilitar la objeción a la legalización del aborto presentándola como una cuestión puramente religiosa, para poder argumentar que, dentro del criterio de separación de Iglesia y Estado, ninguna religión o Iglesia puede pretender imponer sus criterios morales al Estado ni, menos aún, a toda la sociedad. Así lo ha presentado en debate público nada menos que el Vicepresidente de los Estados Unidos, quien, no obstante, se considera católico. El argumento del pluralismo religioso en una sociedad secularizada se esgrime también en otros países a favor del aborto.

Pero este es un evidente sofisma. El respeto a la vida humana, nacida o no, es un imperativo universal básico de pura ética natural. No es una cuestión exclusivamente religiosa, aunque también sea un precepto divino fundamental, parte del decálogo. Judíos, cristianos, musulmanes, budistas, concordamos en este principio fundamental y así lo hemos afirmado durante milenios. “No matarás”, no es solamente precepto divino, sino norma fundamental de la convivencia humana para todos, creyentes o no. Tratándose de un inocente aún no nacido, indefenso, dependiente totalmente de su madre, la obligación de protegerlo y de respetar su vida es tanto más más apremiante y, por tanto, más grave el acabar con esa vida.

El Dios de la creación es el mismo Dios de la revelación, que no puede contradecirse. La revelación reafirma la ley moral natural. Los mandamientos del Sinaí son fundamentalmente el código de la ley natural básica, reafirmado como revelación de Dios. Por eso alguien decía con razón: “si no existiera el decálogo, tendríamos que redactarlo.”

Es mi libre decisión” (free choice)

Dentro de nuestra cultura secularizada, especialmente en los Estados unidos, se da a la “libre decisión” (free choice) un valor de criterio supremo de moralidad. “Esto es bueno para mi, porque yo lo decidí. Nadie puede interferir en mi libre decisión.” El movimiento abortista se autodenomina “pro choice”, (pro  elección), con un nombre que pretende limpiarle la cara al movimiento, destacando como valor central la libertad de elección y escondiendo mañosamente la opción por el aborto y el horrible crimen que se quiere legitimar. Tener un hijo es para las y los abortistas un asunto estrictamente personal y privado, un derecho que todos deben respetar, inclusive el Estado. El Estado, por tanto, no debe inmiscuirse en esta cuestión penalizando el aborto como el crimen que es.

Ciertamente concebir un hijo es una decisión libre, de gran importancia para la familia y la sociedad, que debe ser tomada antes, madura y responsablemente. Esto no autoriza jamás a disponer libremente del niño ya concebido, que ya es una nueva vida en gestación

Mi libre decisión no puede convertir nunca en bueno lo que es malo en sí mismo, intrínsecamente. Yo puedo decidir libremente sólo entre opciones que en sí son buenas. Pero no puedo moralmente elegir entre matar o no matar, entre robar o respetar la propiedad ajena, entre calumniar o respetar la fama del otro, entre mentir o decir la verdad, como si todo diera lo mismo. Eso sería convertir la voluntad humana en fuente de moralidad, por encima de la voluntad sabia del Creador, que se ha expresado a través de la naturaleza y también por su revelación.

Prescindir de Dios y de su ley es la tentación antigua de la Serpiente en el Paraíso: “seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”, es decir autónomos, sin un Dios cuyos preceptos respetar ni a quien dar cuenta de nuestros actos. De aquí vinieron todas nuestras desgracias. En nuestra soberbia, hoy como antaño, no queremos aceptar nuestra condición de creaturas sino que pretendemos ser la última norma de nuestra conducta: “ser como dioses”.

Con razón San Pedro dice: “Ustedes son libres, pero no utilicen la libertad como pretexto para el mal, sino para servir a Dios.” 1 Pe.2:16

El feto no es ser humano”

Es un hecho biológico claro y evidente que, en el hombre como en todas las especies, un huevo fecundado se dirige naturalmente a conformar otro ser de la misma especie. El feto es humano desde el inicio. Por tanto merece el trato y protección que se debe a un ser humano en formación. Ni puede objetarse que no podemos comprobar científicamente en qué momento es creada el alma racional. Esto lleva un falso supuesto, a saber, que primero se da el feto y luego en algún momento Dios le infunde un alma. El alma es la vida y, por tanto, el alma existe desde cuando comienza a existir una vida humana, aunque el cuerpo se halle en los primeros estadios de formación.

Negarle al feto su condición humana es el primer paso para justificar su eliminación. Hemos visto cómo las cortes han hecho y siguen haciendo toda clase de malabares jurídicos para “interpretar” la constitución y la ley de modo que puedan negarle al niño no nacido su condición de ser humano.  De ahí se derivan todas las demás consecuencias.

A jovencitas primerizas que se hallan en problema las instituciones abortistas las engañan diciéndoles que se trata simplemente de extraer una masita, que no es ser humano, procedimiento expedito que les arregla el problema! Es tan sencillo como expulsar un forúnculo. Su destino una vez extraído es el mismo de toda la basura biológica que se recoge diariamente en las clínicas y hospitales (¡). Hasta donde hemos llegado en el desprecio a la vida humana indefensa!

“Tras dos abortos, llegué a creerme las mentiras que me contaron sobre que aquello que crecía en mi vientre no era un  bebé sino un trozo de carne sin vida, o que el aborto vendría a paliar la violencia o el sufrimiento de los niños. Pero yo nunca he visto un niño deseado que luégo deseara haber sido abortado. Yo fui perpetradora del aborto y seguí siéndolo, hasta que Dios me cambio todo eso. Y le doy gracias al Señor por toda esa gente que, con sus campañas, nos iluminan. El aborto hace daño al bebé, a la mujer, a las naciones y mata el futuro.”

                                      (Alveda King, sobrina de ML King Jr

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Categorías: Fr. Jaime Díaz | Deja un comentario

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