¿“MATRIMONIO” HOMOSEXUAL?

                                                                      Padre Jaime Díaz

Este  tema ha suscitado intenso y amplio debate especialmente en los partidos políticos, en los medios de comunicación, en las cortes, en el Congreso y en las iglesias. Ha irrumpido en la arena política y legal en los últimos años. Los homosexuales, tradicionalmente discriminados, han salido a la luz pública organizadamente a defender su condición, a luchar contra la discriminación y a reclamar respeto, a difundir su estilo de vida y lo que consideran sus valores y a exigir como derecho el contraer “matrimonio”.

Parten de la base de que el matrimonio es un “derecho universal”. Por tanto no puede negarse a los homosexuales. Ellos reclaman el derecho a amarse, a convivir, a formar pareja, a heredarse, y, a todos los beneficios de que disfruta una pareja heterosexual en nuestra sociedad, incluida la adopción de niños, que ellos no pueden tener.18/10/2012

Esta es, como el aborto, una cuestión que toca el derecho natural y también los valores culturales y los principios religiosos.

Aquí hay dos aspectos que crean un serio problema moral y religioso: la práctica de la homosexualidad y el cambio radical en la concepción misma de “matrimonio”, al convertir la unión homosexual en “matrimonio”.

La homosexualidad puede ser genética o aprendida del ambiente. El hecho de tener esta tendencia no descalifica moralmente a nadie ni disminuye su dignidad como ser humano.

Es necesario distinguir la tendencia homosexual de su práctica.

En todo ser humano las pasiones desordenadas tienden espontáneamente al mal. Es nuestro deber controlarlas y dirigirlas según la recta razón y, para un cristiano, según la guía  del Espíritu Santo. San Pablo distingue muy bien las obras de la carne, que llevan a la muerte, de las obras del Espíritu, que llevan a la paz, la felicidad y la vida. El control de si mismo supone negación, sacrificio. Sin esto es imposible vivir a la altura de  un ser humano y, menos aún, de un hijo de Dios. Satisfacer las propias tendencias instintivas lleva a destruirnos como personas y a quebrantar nuestra relación con los demás. Lo estamos viendo todos los días!

La práctica homosexual ha sido considerada como inmoral y también ilegal en muchos lugares. Algunas culturas la castigan severamente. En la tradición judeo-cristiana está claramente condenada como abominación y como pecado que excluye del Reino de Dios (1 Cor. 6:10). La ciudad de Sodoma fue destruida por el fuego y azufre enviados del cielo a causa del pecado de Sodomía, que de esa ciudad tomó su nombre (Gen. 19). Algunas iglesias cristianas han querido re reinterpretar los textos bíblicos para justificar la práctica de la homosexualidad, inclusive por parte de obispos y sacerdotes. La Iglesia Católica continúa fiel a la interpretación y practica milenarias y no se considera competente para cambiar lo que Dios ha establecido.

Dentro de la Iglesia Católica hay homosexuales que sobrellevan la cruz de su propia condición, viven en abstinencia, llevan una intensa vida espiritual, ponen sus ricos dones al servicio de los demás y son plenamente acogidos dentro de la comunidad. Viven así su vocación cristiana. Ellos son hijos de Dios como cualquiera otro, amados por El, llamados a su Reino. Pero en esto hay todavía un largo camino por recorrer.

Quienes no participan de esta misma fe religiosa tienen el derecho a actuar según su conciencia. Quienes disentimos por razones de conciencia, claramente fundamentadas, tenemos también el derecho y deber de actuar según nuestros principios.

Pretender que las uniones homosexuales sean reconocidas por la ley como “matrimonio” implica una nueva concepción del matrimonio y, por tanto de la familia, célula fundamental de la sociedad. Es una ruptura con la concepción milenaria que todos los pueblos han tenido, sin distingos de religión, nacionalidad, cultura o tiempo.

El matrimonio es una institución natural y divina, entre varón y mujer, ordenada a la continuación de la especie como resultado del amor mutuo. Es radicalmente fecundo.

La unión homosexual, en cambio, es entre dos seres del mismo sexo y, por tanto, radicalmente infecunda. Esto no encaja en el orden natural. De allí no pueden nacer hijos, por eso reclaman el derecho a adoptarlos. Sin embargo, respetando a quienes piensan lo contrario, el equilibrio emocional y afectivo de un niño y la construcción de su identidad como ser humano exigen tener relación con un padre varón y una madre mujer, según la naturaleza.

Basta abrir los ojos para ver que, por su propia constitución física y psicológica, el varón y la mujer han sido hechos el uno para el otro, para complementarse como diferentes. Todas las especies forman parejas de macho y hembra. Cada uno tiene su función propia. La naturaleza misma lleva dentro de sí su propio lenguaje, que expresa la voluntad del Creador. Hay que saber leerlo para reconocer y respetar las leyes que rigen el mundo físico, biológico  y también el moral.

Sería suficiente para satisfacer sus demandas que las “uniones homosexuales” fueran reconocidas legalmente como tales, con ciertos derechos mutuos, sin ir más allá. Qué interés hay en desvirtuar la concepción tradicional de matrimonio y de familia? Y sobre qué base el Estado se abroga el derecho a legislar modificando lo que Dios ha establecido tan claramente?

Esto es parte de una campaña sistemática para atacar la concepción tradicional de familia con sus valores, entre los cuales está la protección de la vida desde su concepción.  Manipular un asunto tan delicado como la concepción misma de pareja/familia y cambiar las bases de la moralidad, compromete muy seriamente el futuro de la humanidad. Esto desborda la capacidad y competencia de toda institución y autoridad. Sucede algo semejante con la manipulación genética del ser humano. No podemos jugar a convertirnos en dioses, corrigiéndole a Dios la plana, porque acabaremos padeciendo a largo plazo las consecuencias de nuestra propia arrogancia. Al paso que vamos, es previsible que el día de mañana pretenda el Estado exigir a las iglesias la celebración de matrimonios homosexuales como parte de su “derecho universal” a contraer “matrimonio”. Aquí, como en el caso del aborto, habría que obedecer a Dios antes que a los hombres, afrontando todas las consecuencias.

Ni el Estado ni ninguna ley humana fundamenten la moralidad de nuestros actos. La ley moral, tanto natural como divina, es la norma suprema. Los legisladores no son dioses con competencia para reorganizar el mundo y cambiar el concepto de bien y de mal.

Valen aquí las maldiciones del profeta Isaías en el capítulo 5: “!Ay de ustedes que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno; que convierten la luz en oscuridad y la oscuridad en luz; que convierten lo amargo en dulce y lo dulce en amargo!” .

Esto es lo que hacen quienes legalizan el crimen y pretenden convertir en honesto lo que es en sí mismo inmoral.

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Categorías: Fr. Jaime Díaz, Opiniones | Deja un comentario

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