MALENTENDIDOS SOBRE LOS LLAMADOS “últimos sacramentos”

Une vez más me sucedió hoy. Llamaron con urgencia del Hospital para pedir que un sacerdote fuera a asistir espiritualmente con los sacramentos de enfermos a una persona en estado crítico. Volé para llegar a tiempo. Encontré a una mujer de mediana edad, víctima de un accidente, can su cara morada por hematomas, entubada, pálida, fría y en aparente estado de inconsciencia.  Su madre, hermanas y primos la rodeaban conmovidos. Antes de proceder traté de informarme sobre el tiempo de su estadía en la clínica: tres semanas. Pero solo ahora pidieron al sacerdote, me dice la madre, porque su hija todavía no quería los sacramentos. Le daba miedo pedirlos. Allí había miembros de la familia que estaban en otra tónica, pero no habían podido hacer nada frente a esta situación.

Con demasiada frecuencia me he encontrado con casos semejantes en mi largo ministerio con enfermos. Llaman cuando ya el enfermo está en coma o en agonía, imposibilitado para confesarse, para recibir conscientemente consuelo y fortaleza, para recibir el Santo Viático, que es el alimento para el viaje final a la eternidad. O se ocupan de todo, menos de lo espiritual, que queda relegado al último lugar, cuando ya los esfuerzos de los médicos no parecen tener éxito para derrotar la muerte. No raras veces cuando llego ya la persona ha muerto aunque conserva aún algo del calor de la vida.

En casos semejantes, el sacerdote, sabiendo que el oído es lo último que se pierde, le habla brevemente al enfermo para exhortarlo a confiar en Dios nuestro Padre que lo ama, a reavivar su fe y esperanza en la vida eterna prometida, le entregue su vida y se arrepienta de todos sus pecados. Entonces le imparte la absolución de sus pecados y la indulgencia plenaria, le administra la unción de los enfermos y, según el caso, encomienda su alma a Dios.

Desafortunadamente mucha gente le tiene tal horror a la muerte, que le ocultan al enfermo la gravedad de su situación y no quieren nada que se la recuerde. El sacerdote es visto como un ave de mal agüero que viene para acabar con la vida del enfermo. El es como la representación de la muerte.  Su sola presencia causa miedo. La familia quiere evitar que el enfermo, al ver al sacerdote, se muera de miedo de morirse.

Esto manifiesta una visión totalmente pagana y anticristiana de la muerte, propia de “los que no tienen esperanza”, como dice San Pablo. Sin embargo, esta manera de pensar se encuentra aun entre personas que se consideran cristianas. La muerte para ellos trae solo tristeza y desolación, tanto mayores cuanto más gratos son los recuerdos evocados de la vida del difunto. Ellos tienen un pasado que recordar pero no un futuro que esperar. Todo se acaba en el sepulcro.

Los creyentes en Cristo, por el contrario, tenemos esperanza, tenemos futuro. Vemos la muerte como el tránsito a un nivel superior de existencia, como el paso a la vida eterna e inmortal, como la liberación de los sufrimientos  de esta vida, como el encuentro con el Señor, como la culminación de nuestra vida. Para nosotros morir es hacer conscientemente la ofrenda final de toda nuestra existencia habiendo cumplido nuestra misión en la tierra, en imitación de Cristo que dijo: “Todo se ha cumplido. En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu”. Morir es coronar nuestra Eucaristía. No es simplemente dejar de existir sino entregar la vida con esperanza en las manos de nuestro Padre. En esta perspectiva, la muerte con todo el sufrimiento que ella implica para el difunto y para quienes lloran su partida, se ve mitigada por la esperanza en la resurrección gloriosa, con la cual llegan a perfección todo el proyecto de Dios para nosotros y se ven satisfechos los más profundos anhelos de nuestro ser.

El rito funerario es, para los que no tienen esperanza, lamento adolorido ante una vida que se acabó. Para los creyentes, en cambio, es la celebración de la derrota de la muerte y del triunfo de la vida en Cristo. Esto se ha hecho más claro después del Concilio Vaticano II: el negro de luto ha sido reemplazado por el blanco de la pascua; el aleluya de alegría se destaca en la liturgia, porque alabamos a Dios por la vida pasada y sobre todo por la futura que esperamos.

Una concepción pagana de la muerte, va de la mano con un falso entendimiento de los “sacramentos de enfermos”, que muchos erróneamente denominan “last rites”(últimos sacramentos), en un lenguaje ya superado desde el Concilio Vaticano II, pero que desafortunadamente no ha desaparecido ni de los labios ni de la mente de muchos católicos.

La Iglesia, como buena madre, acude en auxilio de sus hijos enfermos para ofrecerles de parte de Dios curación espiritual y aun física en el trance difícil de la enfermedad y ante la cercanía de la muerte. Hay dos sacramentos llamados “de curación”, que son la confesión y la unción de los enfermos con óleo bendito, precedida de la imposición de manos y acompañada de la oración por la salud física y espiritual del enfermo. La Unción de los enfermos, según el Concilio y el Catecismo de la Iglesia, “no es un sacramento solo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez.” (#1514) “Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Esto mismo puede aplicarse a las personas de edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan” (Cat 1515)

“La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente la tentación de desaliento y de angustia ante la muerte. Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios” (Cat 1520) 

Desde los orígenes, la Iglesia ha venido cumpliendo como Cristo su ministerio de curación por medio de la unción, según el mandato apostólico a que se refiere Santiago en su carta: “Está enfermo alguno de ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia y que recen por é después de ungirlo con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y, si ha cometido pecado, lo perdonará.”  (5:14-15)  El presbítero pide que, “libre de tus pecados te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad.”

La Sagrada Comunión es el punto culminante de la asistencia al enfermo. Es recibir a Cristo Resucitado, Señor de la Vida, para salud de alma y cuerpo. Cuando la persona está a punto de morir, este Sacramento se administra en forma de Viático, es decir, de alimento espiritual para el gran viaje final.

Todo católico, “cuando empieza a estar en peligro de muerte”, tiene la obligación de ponerse en paz con Dios por la confesión, de recibir el sacramento de la unción de los enfermos y la Sagrada Comunión. Los familiares, amigos y quienes se ocupan de su salud, han de ayudarlo a pensar en ello y a facilitarle a tiempo los medios para lograrlo. Va en ello, no solo su salvación eterna, sino también su salud emocional, espiritual y aun física. Yo puedo dar testimonio de cómo el sacramento de la unción de los enfermos, administrado a tiempo, ha  sido decisivo en la curación de enfermos, que comienzan a reaccionar inmediatamente después de haberlo recibido. Nuestro Medico Divino actúa según sus designios para bien del enfermo.

Cuántas personas, que vivieron años alejadas de Dios,  encuentran en su enfermedad la gracia de la conversión y de la sanación espiritual, para comenzar una vida nueva en el tiempo que les queda. Me he encontrado muchos enfermos que bendicen el día en que el sacerdote los asistió. Otros, al principio duros para acercarse al Señor, después de un tiempo de reflexión piden al fin los sacramentos y los reciben con mucha devoción. Otros bautizados católicos rechazan la visita del sacerdote y no quieren ni oír hablar de Dios, ni de la Iglesia ni de los sacramentos. Perdieron la fe y se lanzan en su ceguedad y obstinación hacia el precipicio en su hora final. Otros decidieron entenderse directamente con Dios y prescindieron de la mediación de la Iglesia rechazando lo establecido por el Señor. Para uno como sacerdote este es un desafío pastoral, para procurar en lo posible entablar con ellos un dialogo que les permita sincerarse, liberarse de sus iras, resentimientos y heridas y aclarar ideas para reencontrarse humildemente con Dios y con su Iglesia en el atardecer de la vida.

Se requiere un cambio de mentalidad acerca de la muerte y los sacramentos de enfermos, para que los fieles católicos entiendan y aprecien la gracia que estos sacramentos de vida brindan y les den la importancia que merecen para su propia vida y para la de otros miembros de su familia o comunidad.

Fr. Jaime Diaz

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